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miércoles, 15 de marzo de 2017

El balcón de las mujeres

Derrumbes, apagones, rituales, tradiciones. El derrumbe de unos rituales, el apagón de las mentes rígidas. Un derrumbe implica reconstrucción, una mente rígida propicia derrumbes que intentan camuflar como cimientos firmes. ¿Sobre qué cimientos se sostiene una tradición? Si se efectúan remodelaciones pueden indicar flexibilidad. También puede poner en entredicho en qué medida está definida por la arbitrariedad, dependiente de quién marca las pautas de interpretación y por consiguiente la dirección en que encauza la ritualización. La costumbre es rígida pero moldeable según conveniencia. Lo que se quiere imponer como luz quizá sea un cortocircuito, un apagón, de quien intenta regir la realidad según su inflexible cuadrícula. 'El balcón de las mujeres' (Ismach hatani, 2016), de Emil Ben Shimon, con guión de Shlomit Behana, comienza con un ritual y finaliza con otro, empieza con una celebración y finaliza con otra. Entremedias, un derrumbe aliñado con plomos que se funden, una transición que sacude los cimientos de una comunidad en un barrio de Jerusalén cuando alguien, con la arrogancia de quien erige certeza inapelable que más bien origina fisuras con su extremismo, pretende reorientar los fundamentos de una tradición, y por tanto las prioridades en sus rituales. En la primera escena, hay quien no se ha quitado la etiqueta que revela que se acaba de comprar una prenda. No será el único caso en la narración. Es un detalle irónico sobre qué fácil parece cambiar de atavío mental en la forma de vivir y pensar una tradición y cómo configurar los rituales que la celebran.
Durante el ritual inicial, un bar mitzvah del nieto de Etti (Evelin Hagoel) y Sion (Igal Naor), se derrumba parte del balcón que ocupan las mujeres. La mente del rabino sufre un cortocircuito por la adversidad sufrida. Su esposa es una de las más afectadas, ha quedado en coma. Y él parece sumirse en un coma emocional. Se quedan sin la principal figura orientadora, como tripulantes a la deriva. Carecen ahora incluso de lugar en el que realizar los rituales de sus oraciones. La irrupción de un joven rabino, David (Aviv Alush), parece, en principio, que reconstruye y reorienta su desconcierto. Pero esa reafirmación conlleva una pretensión de modificación. Como si fuera su nueva guía pretende variar el entramado escénico, incluido attrezo y distribución de roles. David considera que las mujeres deben detentar un papel más subordinado. Utiliza la demagogía en forma de vaselina, siempre apoyado en su lectura de los textos sagrados, como afirmar que las mujeres no necesitan estudiar el Tora porque lo llevan integrado en sí mismas, combinada con la superstición del temor (el hecho de que se haya derrumbado indica que la mujer es el eslabón perturbador que debe ser reajustado; como contrapunto irónico, el mismo nieto se sentirá responsable del accidente porque, al no haber aprendido bien su texto para el bar Mitzvah había orado para que se interrumpiera el ritual).
La intención de David es inseminar otra concepción de la mujer: convence, incluso a algunas de las mujeres, para que porten una estética más recatada, con el uso de un pañuelo que cubra su cabeza, así como considera que la reconstrucción del balcón no es prioritaria (es, al fin y al cabo, un espacio por encima de aquel en el que oran los hombres). En suma, una redistribución de roles que implica la anulación. Los hombres y algunas mujeres se pliegan a ese nuevo escenario que con persuasiva convicción intenta configurar e instituir el joven rabino David aprovechándose de la convalecencia anímica del rábino. Pero hay quien intenta cortocircuitar que esa concepción hipnotice al resto y se sedimente como nueva forma de habitar la tradición, sus rituales y por tanto la misma realidad.. En casa de Etti y Sion se funden los plomos de vez en cuando. Etti será quien encabece la disensión insurgente. Será una de las que se niegue a portar el pañuelo en la cabeza, y junto a algunas cómplices con su misma perspectiva, se esfuerza en recaudar el dinero necesario para reconstruir el balcón de las mujeres. En paralelo, su sobrina, Yaffa (Yafit Asulin), aun siempre reticente en principio, se cita con varios hombres con el propósito de encontrar el correspondiente marido. Un trayecto en paralelo que refleja el contraste de mentalidades, de la más rígida a la más flexible, que afortunadamente también es su proceso, ya que converge en la resolución final de modo determinante (e ingenioso): Un cheque puede convertirse a la vez en una declaración de amor, el apoyo de una manifestación insurgente y la rehabilitación de una luminosa y forma de habitar la realidad en la que nadie niega, subordina ni anula a nadie.

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