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lunes, 3 de marzo de 2014

Attenberg

Entre la pizarra blanca, la pantalla en la que se dan los primeros pasos o los besos, en la que los instintos empiezan a articularse, y un espacio en demolición, un espacio de residuos y desfiguración. Entre la era de las ovejas y la era de los bulldozers. Entre el nacimiento de la vida, los primeros forcejeos del deseo, la inauguración del cuerpo, la orquestación de los impulsos y la desaparición, la agonía, la enfermedad, la degradación. ¿Y entremedias? Los pasajes que constituyen los procesos de la vida, el crecimiento de una sociedad, pero quizá entre el instinto o primario y la configuración de normas sociales y la industrialización no haya habido progreso interno alguno, o más bien escaso. Aún seguimos siendo animales aunque ahora cabalguemos en bulldozers. 'Attenberg' (2010), de Athina Rachel Tsangari, no es un documental, aunque su nombre sea una deformación fónica del apellido del documentalista David Attenborough. La deformación, la distorsión, es la de la mirada oblicua, la de la carcajada con aliño ácido que se proyecta con el gesto impertérrito de Buster Keaton, o el Monsieur Hulot, cuerpos desencajados, cuerpos en conflicto, con un entorno, con un espacio, con los objetos, con unas dinámicas sociales cuadriculadas de obtusos engranajes. Ese gesto impertérrito se manifiesta en la remarcada simetría de los encuadres, de la disposición de los objetos en el encuadre. Por eso prima el plano general, como en el cine de Yorgo Lanthimos, quien aquí interviene en un papel secundario, y de cuyas obras 'Canino' (2007) o 'Alps' (2011) fue productora, como de 'Antes del anochecer' (2013), de Richard Linklater, en la que también intervenía como actriz.
En la primera secuencia, ante una pared blanca, Marina (Ariane Labed) recibe clases de su amiga Bella sobre cómo besar. Sus maneras son bruscas, torpes, con una lengua que se proyecta como una lanza. En las imágenes televisivas de uno de los programas documentales de Attenborough se le ve acercarse a unos gorilas. Fascinación y reconocimiento, lo extraño y lo familiar se conjugan. Marina y Bella tras la prueba de sus besos se empujan y bufan y gruñen como gorilas. En la narración se intercalan paseillos que realizan Marina y Bella, en los que realizan coreografías de movimientos y gestos de animalidad expansiva, danzas que a la vez son asociaciones con la condición animal en una pasarela que es distorsión irónica de la mirada documental y de la escasa separación entre los humanos y lo animal. Marina tiene veintitres años pero es como una niña que cruza el umbral de lo social y el umbral de la materialización del deseo, se hace cuerpo, se hace ser social.
A su padre le pregunta si la ha imaginado alguna vez desnuda. No se ha definido en el género,si le gustan los hombres, las mujeres, ambos, ninguno. Se siente asexual porque todavía es como una pizarra en blanco. Prueba, tantea, se perfila y configura con su amiga Bella, y con un ingeniero que ha llegado a la ciudad. Es primaria en sus acciones, como una niña salvaje que carece del dispositivo de los juegos perversos. Se desnuda delante del hombre como quien sólo se desprende de ropa, sin establecer ceremonia de seducción alguna. No hay consciencia erótica, el un cuerpo que se va ensamblando con su entorno, con otros cuerpos, como una extraterrestre entrara en contacto con la extraña criatura humana. Porque es extraña, muy extraña, cuando se afina el enfoque desde la perspectiva oblicua.
Al mismo tiempo, en paralelo, a su nacimiento como cuerpo deseante, su padre, arquitecto, padece una enfermedad incurable. Su muerte es inminente. Canta ante su cadáver, ceremonia, oscuridad, karaoke. No usaba el canal satélite, pero se lo cobran. Ingenieros, arquitectos para una sociedad, para una forma de habitar la realidad, el cuerpo, los otros, un tanto torpe, primaria, no desarrollada. El desarrollo de los medios tecnológicos no se ha acompasado al emocional. Habitaciones de hoteles, de hospitales o pisos. Espacios con amplitud que a la vez parecen vacíos, huecos esterilizados. Marina juega con sus omoplatos, como si hiciera surgir sus pechos. Adelante, atrás, no hay clara definición. Lo que parece no es sino una pizarra blanca emborronada. Cenizas al viento, un paisaje deformado, un cuerpo en descomposición. Cuerpos que van detrás de sí mismos. La realidad se sigue sin pronunciar correctamente.

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